jueves, 8 de abril de 2010

El hombre y la querella

Había una vez, en un pueblo del sur, un hombre que tenía una enorme ambición de poder. Esta ambición le llevó a utilizar todos los medios a su alcance para conseguirlo, incluso si no eran justos ni correctos. Utilizaba tretas y triquiñuelas con tal de intentar sobresalir frente a cualquier persona. Su táctica favorita era decir que todo estaba mal y nunca había nada que reconociese que estuviese bien.

Todo esto no acababa aquí, no contento con lo dicho anteriormente, se inventó otro nuevo truco para intentar conseguir su objetivo. Era el siguiente; no contento con decir que todo estaba muy mal, cuando alguien le decía algo que no le gustaba siempre respondía lo mismo: "Te voy a poner una querella".

Cuando la gente le decía: "Caballero, hoy no le sienta bien la camisa que lleva", el siempre decía: "Te voy a poner una querella". En otra ocasión otra persona le dijo: "su peinado no le favorece", el contestaba: "Te voy a poner una querella". Y cuando le decían: "se ha puesto los calcetines de cada color", cosa que era fácilmente comprobable, decía: "Te voy a poner una querella".

La situación se extendía en el tiempo y las personas, ya que todos sus seguidores mimetizaron sus mismas tretas.

Los habitantes al principio comentaban: "bueno, ha tenido un día malo", "Pobrecito, es que todo el mundo se mete con él", etc. pero después de la multitud de querellas que llevaba puestas ya nadie le hacía caso y lo que el pensaba que le llevaría al poder, terminó llevándolo a la más absoluta indiferencia por parte de las gente de ese pueblo.

Ya no lo tenían en cuenta para nada, porque se dieron cuenta que no sería nunca capaz de construir ni aportar nada y que sólo se dedicaba a destruir y criticar a todo el mundo.

Moraleja: "en boca del mentiroso, lo cierto se hace dudoso" (extraída del famoso cuento Pedro y el Lobo)